jueves, 27 de diciembre de 2007

El fuego fatuo


Marión, amiga de la casa, tomó del cajón de los cubiertos una cuchara y, reflejando su cara en la concavidad de la misma, notó que las formas son inconstantes. Un gran escozor dentro de su cabeza la obligó a contraer sus músculos faciales, quedando irreconocible incluso para el rutinario producto del espejo frente a su cama.

-¿Te encuentras bien?- la sorprendió su hermanastra estática en el interior de las penumbras de la fría cocina y tras la demora de su respuesta- ¿Te sucede algo Marión?

Dominada por un impulso nervioso, soltó la cuchara sobre los demás utensilios culinarios, generando ese ruido molesto que estos suelen hacer.

-Deberás disculparme…- con la voz opacada por una evidente angustia-… debo ir donde mi padre.

-Puedes quedarte aquí si quieres. No creo que haya problema; mi madre te quiere como a una hija. Te prepararé el sofá-cama del…

-De veras… dejé algo pendiente y mi padre no sabe que estoy aquí.- Sintió una grave puntada en el centro de su frente, detrás del hueso frontal, donde por más que apriete sus dedos no llegarían a tocar. Comenzaba a sentirse dominada por un malestar que la tornaba inconsciente de sus actos. No sabía si estaba parada en donde su falsa hermana política abrumaba con habladurías o donde realmente debía estar; enfrentando a su padre (no como otras veces; ahora notaba un dejo de cruel juicio en su accionar).

-Marión…-Esta vez irritante- ¡Marión!

-¡Déjame, maldita perra cizañera!- gritó arrastrada por la ira y en cosa de un segundo y medio, sus ojos brillaron como el mismo Sol, y destellante como un relámpago dirigió su vista hacia la otra, chamuscando hasta el último rastro de cabello de su rubia melena.

Olvidando cerrar la puerta trasera y relación alguna con el incidente, corrió quince calles hasta la, para ella repugnante, casa victoriana donde yacía un ebrio depositado como un autista frente el televisor sin señal. Trepó por la canaleta del ala este de la residencia hasta la ventana entreabierta de su habitación.

Por más sigilo que hayan poseído sus movimientos, su padre reaccionó ante el primer pié que Marión puso dentro de la casa.

-¡Marión! ¡En donde mierda has estado, pequeña puta!- emitió el déspota violentado, esta vez más irascible que de costumbre. Se incorporó y saltó fuera de su lecho de inactividad, avanzando tan rápido como el alcohol le permitía y pateando la puerta de madera localizó a su hija al pié de la cama, transpirada y con el cabello sobre su rostro.

La tranquilidad que ella manifestaba era posbélica. El silencio era en su rostro el principal componente. El silencio era como casi todas las noches, el desayuno del día siguiente.

Pero eso no impediría que él se lo hiciera nuevamente (un par de golpes amansadores y de postre, una perversa interacción sexual, inherente a un ser humano civilizado con un gramo de alma). Esta vez, sería ella, y no la fatiga de su padre, quien detendría tal bestialidad. Pero no aún. Pensaba dejar que se encuentre en ese estado primal sin responder a nada más que a su instinto sexual y siniestro.

Luego del primer golpe que impactó de lleno en su mandíbula, casi descolocándola, dejando a la adolescente aturdida, el zumbido que la ensordecía la hizo entrar en razón de que sería una golpiza dura antes del ultraje, como si esa noche el monstruo al que ella llamaba padre se viera seducido por su necrófilo paladar.

-Maldita puta… ¿te crees capaz de soportarlo esta vez?...-se refirió ante el producto de sus genes, con la voz opacada por un vil velo que cubría su disque-persona- … ¡ahora verás de lo que soy capaz! Y sacándose su cinturón de cuero negro y esgrimiéndole a modo de fusta se precipitó contra la golpeada Marión y esta lo detuvo clavándole sus incisivos ojos en los de él.

Escasos son los recursos literarios que utilizo para representar el terror que causó en su progenitor esta enfurecida Némesis que Marión contenía, desde lo más recóndito de su ser.

El tiempo se detuvo y la niña inocente que por tanto años Marión logró resguardar en su interior, comenzó a soñar nuevamente:

Sola en una de las hamacas de la plaza del barrio, esperaba por su madre, por alguien que le diera envión, que la columpiara como tantos niños disfrutaban en sus días de infancia.

Pero nadie estaba en su letárgico drama para brindarle el calor que necesitaba entonces.

Lo sabía bien; su madre murió cuando la dio a luz. Había una idea, pero era tan solo un espectro creado a causa de sus miedos, un ángel de la guarda que nunca atendió el llamado de amparo.

No lograría cubrir tanto sufrimiento. No habría nadie que la apañe cuando se encuentre sola, nuevamente en el mundo real.

Simplemente, deseaba dejar de existir.

Y tan sincero y fuerte fue su deseo que, cuando el tiempo recobró su normal transcurso, su cuerpo se incineró por completo desde adentro hacia fuera; se volvió cenizas y minúsculas brasas que el cinturón de su padre desparramó por el aire.


Nagui (*_*)

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Vini, vidi, vinci?? ..

El texto es una foto de tu sujeto interno. Las palabras vibran en resonancia con el escritor, y tal vez con los lectores más gustosos.

Marión y su padre son roles opuestos y complementarios, pero ambos forman parte del mismo fracaso. ¿Por qué no hay victoria en este texto??

Anónimo dijo...

Están los dos en un centrifugador eterno. No hay choque, no hay victoria.