jueves, 27 de diciembre de 2007

Ventana a la libertad

¡Mierda!- Dijo para sí el guardia nocturno del Museo Nacional, del cual no recordaba bien si era Guillermo o José Hernández. Pero sí; Hernández era, pues podía ver en el interior de sus párpados el nombre de la calle en donde residía su madre y hacer una relación tipográfica entre las letras de bronce con relieve que se extendían sobre el ancho portón de la entrada del establecimiento cultural y la esquina del barrio marcada por las manos de los que jugaban a las escondidas.

-¡Helena!- Pensó, cegado por una neblina nostálgica y, en cantito-¡¡Mar-tita!!... ¡Qué lindas novias tenía de pibe! ¿Eran dos o la misma?...- Continuó divagando hasta que un haz de luz, como un impulso nervioso, lo devolvió a su pensamientos anteriores y esta vez, con mímica enfática. -¡¡¡Mierda, mierda y más mierda!!!- Recordó por qué se había detenido a mitad del hall de entrada del museo: había olvidado las llaves de su casa junto a la de su auto, precintadas con un llavero de cerveza barata, sobre la mesa de la garita de seguridad interna, en la sala anterior, detrás de las alarmas de seguridad con detector de movimientos-y-sonido-termo-óptico-infrarrojo (instalada por orden del director, desde antes de la llegada del último e invaluable óleo de Murillo).

-¡Pero claro!- Vociferaba encolerizado, dentro de las paredes de su cráneo, ahora reestableciendo el eje de responsabilidades y culpas en su superior- Ese desconsiderado de Ramírez no pudo instruirnos dos semanas antes… ¡Noooo!- Balbuceó con incisivo sarcasmo.- Y este mal-parido de Estefanetti se da el lujo de enfermarse hoy, que mañana se llevan el “cuadrito”, tamadre.

Una tosca gruesa de malos pensamientos, equivalente a los espacios en blanco o huecos de memoria que le regalaban los años y la falta de costumbre al horario nocturno, le impedían centrarse en la cuestión a resolver.

Trató de recordar “algún paisaje pintoresco que inspire tranquilidad”, como le sugirió alguna vez la terapeuta que le facilitaba la obra social. Pero a sus casi siete décadas de edad, una

muchacha de un poco más del tercio de la suya y con una figura firme y fresca (sin descartar la voluptuosidad de sus senos y su estrecha y firme cintura, que desembocaba tanto en sus semiesféricos glúteos como en su pronunciado sexo, asfixiado por los jeans), no conseguía más que causarle erecciones y, una vez resurgido el recuerdo del pudor ante la situación, comenzaba la autocrítica.

-¡Pero, mil veces mierda, carajo!- Ese no era el punto y lo sabía.- Un número… Una contraseña. ¡Claro!: un número que desactive el sistema de alta seguridad- Que él, en esa instancia, veía innecesario. Casi había llegado al punto de descifrarlo cuando le retornaron, como un eco de misa, las palabras de Estefanetti:

-“Vos tranquilito, salís caminando por la puerta principal, que el sistema se enciende solo: luego de identificar que tu placa salió del área establecida una vez pasadas las 22:05, cualquier ruido, vibración o ser vivo que ronde el perímetro es identificado como hostil y la señal les llega a los Federales que en minuto y medio, dos a lo sumo, están acá.”- una fuerte presión en ambas sienes lo obligaba a fruncir el seño mientras continuaba recordando- “Tenés suerte de tener el turno diurno, con esta tecnología no hay razones para que me renueven el contrato”.

La situación que, luego de focalizar en el percance, pudo analizar, era la siguiente: su horario había finalizado y las posibilidades de volver a la garita interna sin ser detectado por el sofisticado sistema antirrobos, eran una sobre quién sabe cuantos millones. Sin olvidar el hecho de convertirse en un hazmerreír al provocar tremendo despliegue policial en vano y la preocupación de los superiores... “¡ay, Dios, No!”... emitió la más profunda voz de su conciencia, la cual parecía ser producto del miedo al papelón y su presunta senilidad.

Su única esperanza: recordar la contraseña.

Su principal problema: no saber siquiera la cantidad de dígitos a marcar en el tablero de mando.

Visto que tenía el agua hasta el cuello, se sintió lleno de sensaciones de vértigo y nerviosismo que lo desequilibraban, pues no tenía nada que perder salvo su dignidad.

Antes de poder descifrar bien cual era la combinación de números se vio en la carrera a través del hall dirigiéndose hacia la galería protegida por la nueva tecnología. Al Atravesar la puerta de vidrio que le daba quince segundos para desactivar la alarma, recordó un tres, un seis... y un... nueve. ¡Sí! 3-6-9- siethhocho cerotres cuahhh-no, era 8-1, quince treint...

Diez segundos restantes y salía de la garita, dejando todos los papeles del escritorio desparramados por el suelo junto con el mate, a causa de no encender la luz, pero bien calculó que eso le demoraría uno o dos segundos.

¡SIETE!- Gritó para si- 3-6-9-7...

Cinco eran los segundos restantes para que suene la alarma y la compuerta de seguridad sellara la única salida, y el peor de los sonidos develaría que era un perfecto idiota, un hombre que no merecería una segunda oportunidad para ser respetado, un segundo “piquito” con Martita.

¡3-6-9-7-0... puta ma...- susurraba mientras marcaba el “0” y el reloj del tablero enseñaba un “1”, que le daría lugar a un “0” antes de que el recuerde que el último dígito a marcar era... ¡uno!...

Un ulular tan agudo como ensordecedor tiñó la cara del acabado hombre que usaba un uniforme que no era digno de su persona. Tal rigor podría haberse notado si las luces de las alarmas hubieran sido un poco menos potentes.

Se encontraba paralizado esperando el operativo comando de la policía, los interrogatorios, comisarios, asuntos internos y quien sabe que organización extranjera se sumaría al espectáculo en donde su cabeza eran su dignidad y su empleo, y no habría un verdugo más eficaz que el odioso director del museo para rebanársela en un patíbulo tan fétido como escaso de misericordia.

Lo único que activo su sistema nervioso y lo obligo a correr contra una ventana que divisó entre los deslumbrante haces de luz intermitentes fueron los ladridos de los perros de la división policíaca. Tal fue el envión que tomó, que ni bien hizo contacto con la ventana perdió el conocimiento.

A la mañana siguiente un oficial de la policía interrogaba a Estefanetti y luego de sacarle la información necesaria, mientras levantaba su carpeta de expedientes, fue detenido por el interrogado:

- Espere oficial... ¿de verdad cree que “el viejo” intentó robar ese cuadro?

- Lo dudo. De hecho, eso, ya no tiene importancia.

- ¿A qué se refiere?- frunció el seño sorprendido.

- Si hubiese resistido el impacto, y hubiese logrado escapar con la obra de arte, esta no tendría valor.

- No entiendo...

- ¿Cómo? ¿Ningún compañero de la empresa de seguridad le contó algo siquiera?...-suspiró y relajó su semblante- Se ve que el viejo se vio en aprietos y tal susto se pegó que salió corriendo contra el cuadro, “ventana a la libertad”; un lienzo pintado en acrílicos, muy realista e iluminado, pensando que era una ventana real y se reventó el cráneo salpicando de sangre el óleo de Murillo y otras tres obras.

Jonathan Demian Pinetta [2-5-2007] (*_*)

1 comentario:

Anónimo dijo...

Excelente. Logrado. Es lo primero que leo del blog, pero supera absolutamente todo lo que leí anteriormente.
Un abrazo, Ali.