De la fuente en el patio de alguna casa un pez emergió de un salto magnífico. Un impulso que estremeció su esqueleto y perfeccionó sus movimientos.
Un impulso que lo evolucionó por completo, sacándolo de contexto. Obligándolo a adquirir condiciones de ave, a fluir por el aire cual si fuera agua.
Las branquias se vaciaron de líquido, ya innecesario, y el oxígeno condicionó a vivir.
Temprano para morir, sufrió hambre y los dientes brotaron entre colmillos y agujas. Olfato y visión apuntaron hacia mí, recostado en mi lecho.
El terror se filtró por mis poros paralizándome.
Una luna negra tiznaba los detalles de la escena.
La bestia seguía mutando a medida se elevaba sobre su único espectador, hasta eclipsarme.
La luz se escurría entre sus escamas, y las escamas en púas. Alcé una mano tratando de cubrir los haces destellantes y mientras la gravedad lo precipitaba sobre mi, estiré mis dedos apuntándole. Todos los músculos de mi extremidad se metalizaron y, cuando no pudieron hacerse más rígidos, el brazo entero se desprendió surcando el espacio entre ambos como una saeta.
El arponazo entro en su mandíbula y ensartó su cerebro, aniquilando al depredador.
El cadáver se dejó caer sobre mí y la presión logró que atravesara la cama.
Caí al vacío, la oscuridad asfixiante y desperté.
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